sábado, diciembre 31, 2011

Reflexiones Nocturnas.

Mi admiración a los abuelos.

Nunca he tenido una mascota. Una mascota como yo la entiendo es un animal que te acompaña durante años formando parte de tu vida, una parte más de la familia. Pues no, en mi casa nunca hemos tenido ese tipo de mascota. Lo que no significa que varios animales hayan aparecido y desaparecido durante mi corta, pero intensa vida. Intensa para mi, pero no necesariamente para los demás, por supuesto.

Los primeros animales que recuerdo, eran unos pájaros. Allí estaban, en el balcón, encerrados en una jaula y no haciendo otra cosa que molestar todo el día, pio por aquí, y pio por allá. Un sin vivir. Un pájaro no sirve como mascota, aunque años atrás hubo una moda, o al menos eso me parecía a mí, porque eran varios los amigos que también tenían algún que otro pajarito en su casa, incluso mi abuela tenía un pájaro.
Pero el pájaro de mi abuela era especial, eso si. Mientras el resto de la humanidad competía por ver cuál de sus pájaros era más bonito, con más colores, o cual e ellos tenía el cantar más alegre, el de mi abuela era el típico pajarito gris y feo, el pájaro que puedes ver en cualquier árbol…aún así mi abuela lo quería mucho, y tenía una relación más allá de cambiarle el alpiste o el agua. Eran amigos.


Y es que parece ser que mi abuela siempre ha tenido un sexto sentido para los animales, es como una especie de Doctor Dolittle, pero a un nivel telepático, porque de momento, yo no la he visto comunicarse con ellos en su idioma. Pero tiempo al tiempo.
Gato, que así era como se llamaba el gato de mi abuela, era el gato más humanizado que yo he conocido, solo le faltaba hablar, y eso que al final de su larga vida, y digo larga porque 19 años para un gato son muchos años, era como si hubiese aprendido a decir “mama”. O eso queríamos creer nosotros, cuando realmente lo que se escuchaba, el maullido de un gato sin apenas fuerzas para pegar un paso más. Más que un gato, Gato era como un hijo para mi abuela. Mi tío.
Recuerdo que se perdió un par de veces, y a mi abuela solo le faltó organizar patrullas vecinales para buscarlo. Porque mi abuela, era de clase media, y no se lo podía permitir, pero estoy seguro de que si hubiese dispuesto de los recursos económicos necesarios, la campaña de búsqueda de Madelein, sería una campaña irrisoria comparada con la que Gato hubiera tenido.
Lo curioso es que siempre acababa volviendo o siendo encontrado por mi abuela, que se recorría todos los descampados de alrededor hasta altas horas de la madrugada.
Mi abuela nos contaba el reencuentro de tal manera, que yo solía imaginarme a mi abuela y al Gato corriendo el uno hacia el otro, y fundiéndose en un caluroso abrazo. Y es que ya de pequeño tenía la capacidad de imaginarme cosas fuera de lo común.

Mis pájaros murieron una fría noche de inverno. No pudieron aguantar las bajas temperaturas y cuando despertamos, nos los encontramos allí, con las patas bien estiradas, como si hubieran sido conscientes del momento exacto en el que morían y fueran a dar un último salto antes de llegar al cielo de los pajaritos.

Después vino Lucas, Lucas 1, y puede que hasta un Lucas 2. Hámster. Todavía no he podido averiguar porque a todos los niños de este nuestro planeta tierra, llega un momento de la niñez en que queremos tener un Hámster, que ya ves tú, para qué sirve un hámster. Pues sirve para mucho, por ejemplo, para calcular cuánto tiempo tarda en recorrer un laberinto fabricado con cintas de vídeo, sirve para ver comprobar a qué nivel puede llegar tu madre a enfadarse después de haberse comido las cortinas del comedor, o para llevarlo al colegio y presumir de él, todo blanquito y como una bola de pelo.

Todo esto es lo que hacía yo con mis Hámster, pero sin duda el más traumático fue el primero que tuvimos. Tuvimos sí, porque era un Hámster compartido con mi amigo y compañero de risas Pons, Álex Pons.
Lucas pasaba una semana en casa de cada uno, una conmigo y una con el. Era el mejor Hámster del mundo, y el mejor día de la semana, era el día que después de una semana, por fin volvería a verlo, hasta que hubo una semana que no volvió.
No, Álex lo había matado, el decía que no, que se había atragantado con una pipa que le había dado yo. Encima, se muere en su casa y la pipa era mía…todas sus escusas caían por su propio peso, yo sabía que Álex era un asesino de Hámster, por eso nunca entendí porque su madre le decía que no se juntara conmigo, que yo era una mala influencia para él…si vale, yo era una mala influencia, pero él era un cruel y despiadado asesino.
Años más tarde comprendí que no fue Álex quién lo mató. Su momento había llegado, y que se muriera en su casa o en la mía no fue más que una mera casualidad, así que decidí perdonarlo y limar asperezas.

Pero todos esos animales no valen para nada, como mucho son algo decorativos. Pájaros, Hámsteres, Tortugas, esos animales no molan, no puedes jugar con ellos, pero sobretodo no te demuestran que te quieren. Ahora seguramente todas las asociaciones de animales exóticos se podrán en mi contra, y dirán todo lo contrario, pero desde ya digo que se ahorren todo ese jaleo, porque a mi no me van a convencer. Yo quería un perro.

Por fin llegó ese día. Zeus, una mezcla de Pastor Alemán y de Lobo, o eso nos dijeron, aunque lo del lobo, yo nunca acabé de creérmelo porque no podía imaginar como un malvado lobo había cortejado a una pobre perro…pero era obvio que ese perro tenía un instinto de asesino, que ni Álex en su época de querer aniquilar a todos los Hámsteres del mundo.
Un día, Raul, David y yo jugábamos a que no nos mordiera, pero el juego dejó de tener gracia cuando vimos que el perro cada vez era más agresivo y empezamos a temer por nuestra vida. La vida con Zeus era un sin vivir, pero era mi perro y yo lo quería. El también me quería, a pesar de sus brotes asesinos, también tenía sus buenos ratos y te hacía saber que te quería.

Hasta que un día, por arte de magia, desapareció. No me lo podía creer. Me entró una pena que tardaría años en superar. Mi madre nos contó que se había ido hacía una carretera, así que yo nunca perdí la esperanza.
Paseando con mi padre, escuchamos un ladrido que venía de un balcón, y allí estaba Zeus, nos había reconocido y nos llamaba para que le salváramos de esa horrible familia que lo había secuestrado. Mi padre y yo nos pusimos contentísimos, y fuimos corriendo a por él. Pero no, no era Zeus, era otro, el dueño nos tuvo que enseñar los papeles del perro para que nos lo creyéramos, porque nosotros no nos íbamos de allí sin nuestro perro. Nos sentíamos como si por fin, después de una ardua investigación, hubiéramos resuelto uno de los mayores crímenes jamás cometidos en la ciudad de Dénia. Proclamada ciudad, muchos años antes que la mismísima Valencia, todo sea dicho. Pero no, no era nuestro perro.


Como podía desaparecer mi querido perro y ser tan estúpido de no saber volver a casa? Donde estaría Zeus? Nunca obtuve respuesta, y aunque poco a poco deje de preguntármelo, en el fondo nunca olvidé esta terrible perdida.
Muchos años más tarde, una de esas tardes que todos los nietos tenemos con nuestras abuelas y abuelos y escuchamos con atención todo lo que nos dicen, y los admiramos como a nadie, porque son nuestros super abuelos, los mejores del mundo, yo le dije a mi abuela que si se acordaba de mi perro, y de la pena que me había dado su repentina desaparición.
Al principio mi abuela no sabía de qué perro le hablaba, hasta que cayó en la cuenta y me preguntó “ Zeus? El perro que regaló tu madre?”. Qué? Cómo? Que estaba diciendo mi abuela? Mi perro no había desaparecido como decía mi madre, ella lo había regalado!! Fui corriendo a gritarle a mi madre, a decirle que no tenía corazón, que nos había tenido engañados a todos, toda la vida. Pero ella, se hizo la sorprendida. Siempre negó mi acusaciones, por muy ciertas que fueran.


Hoy en día, cuando Zeus no es más que un recuerdo de tiempos pasados, sonrió al recordar aquellos tiempos, y sonrió todavía más, llegando a la múltiple carcajada, cuando mi madre sigue diciendo que se escapó, y que nunca lo regaló.
Se inventó una historia para no hacer daño a su pequeño hijo, una historia ficticia que acabó creyéndosela ella misma. Pero si, mi madre mola.
Supongo que a mí me pasa lo mismo, a veces me imagino anécdotas o situaciones, que me gustaría que me pasaran, y me las imagino tantas veces que llega un momento que realmente creo que las he vivido, y las cuento como si me hubieran pasado. No sabría diferenciar ahora mismo ninguna de estas anécdotas, porque son tantas que ahora ya no distingo entre las verdaderas y las ficticias.

Y en ese punto me vienen miles de preguntas a la cabeza. Que punto de verdad tienen los recuerdos de los ancianos? Si con veinte tres años, ya no puedo diferenciar si algunos recuerdos son ciertos o falsos, que ocurrirá cuando tenga sesenta años? Habré vivido una vida cierta, o habrá sido toda una mentira fruto de mi desenfrenada imaginación? Es en ese punto, cuando los falsos recuerdos superan a los verdaderos, cuando una persona cruza el umbral de la cordura a la locura? Y si estas ya en esa locura, en la que solo recuerdas una fantasía no vivida, y en un momento de lucidez, consciente de tu verdadera vida, que pensaras de ti mismo y en lo que te has convertido?

En ese momento de la noche, es cuando decido ponerle freno a este tipo de preguntas, e irme a dormir plácidamente para así poder empezar un nuevo día, renovado, y con una vida que vivir. Porque una vez, una muy buena amiga me dijo que ella está aquí, para aprender y no para enseñar. Y yo, siguiendo su lema, me permito haber planteado estas cuestiones esperando a que alguien, algún día sea capaz de responderme. Esperando ser yo mismo, ese alguien, dentro de sesenta o setenta años.

Por eso admiro tanto a mis abuelos, y a los abuelos en general, porque aunque ellos no lo sepan, tienen la respuesta a todas mis preguntas.

viernes, diciembre 23, 2011

Reflexiones Nocturnas.

La respuesta a la muerte.

No sé cómo decirlo, ni explicarlo, para que el resto de la humanidad pueda llegar a entenderlo, porque esto de las relaciones y de la compatibilidad es algo tan complicado, que lo mejor sería que naciéramos con un chip incorporado, que cuando nos cruzásemos con otra persona , compatible con nosotros mismos, nos avisara. Atención, compatibilidad activada a noventa grados a la izquierda!! Sería lo más…pero sin el chip, no sé cómo explicar, que he encontrado la respuesta a la muerte.


Con esto del chip, podríamos hacer amigos en cualquier lado. Amigos, pero amigos de verdad, nada de conocidos o colegas habituales de cañas, porque para algo está el chip, para indicarte quién es compatible o no. A mí personalmente me vendría de maravilla, porque no os vayáis a pensar que es tan fácil conocer a gente como yo, de hecho no me viene ninguna palabra a la mente como para poder definirme.
Bueno si, normal, yo me considero normal.


Pero sólo sé que he hecho muchas cosas en mi vida, que a mi parecer eran totalmente normales, pero que a la gente le sorprendía bastante, así que hasta de dudo de mi supuesta normalidad.
Desde pequeño que he crecido escuchando el nombre de Madonna por aquí, Madonna por allá. Crecí viendo a mi tía Esther, a la que llamo sólo Esther porque desde siempre me negó a llamarle tía, por motivos que ahora no vienen al caso, pero que ya profundizaré en alguna otra ocasión, imitando a Madonna. Nos sentaba a todos en el sofá y nos cantaba el “Like a Virgin”. Y es que una peculiaridad de mi familia es lo que nos gusta cantar, y mucho, independientemente del nefasto talento que tengamos para ello.
Realmente yo creo que nunca la he visto haciendo una de sus famosas actuaciones, pero hay cosas que nunca se olvidan y cada poco tiempo se recuerdan en las conversaciones familiares, y esta es una de ellas, así que no sé, si es que realmente me acuerdo, o de tantas veces escuchar el mismo recuerdo mi prodigiosa mente se ha creado un propio recuerdo.


El caso es que poco a poco me fui convirtiendo en un fan de ella, esa mujer me tenía absorbido, y es que a mi como adolescente me fascinaron todos los logros que había conseguido. Por suerte ahora ya no, pero si, lo reconozco, era una obsesión casi enfermiza. Por eso hoy en día yo entiendo a los fans de Justin Bieber o Lady Gaga, porque yo hubiese matado por Madonna. Fan de Lady Gaga, no te preocupes, aquí tienes un amigo!


Así que justo cuando cumplí los dieciocho años, coincidiendo que Madonna estaba de gira, que España no entraba en sus planes, que la ciudad más cercana donde actuaba era en Roma, y que nadie que yo conociera estaba dispuesto a pagar los ciento veinte euros que costaba la entrada, pues cogí un avión y para allá que me fui. Yo solo, con dieciocho años cogiendo un avión hacia Roma para ver un concierto.
Normal, digo yo. Como no iba a ir a verla? Es como si ahora a Dios, después de comprobar como ha cambiado el paraíso terrenal que una tarde, aburrido, solo, y allá perdido en el espacio, creó, decidiera hacernos una visita. Como no irían los católicos a verlo? Bueno, católicos y no católicos la verdad, porque yo si Dios bajara al mundo a vernos, no me lo perdería por nada del mundo. Sería todo un espectáculo. Fuegos artificiales, nubes de algodón como asientos, ángeles bailando, música celestial.


Pues no sé, yo recuerdo que eso fue un gran hit en mi vida. No ya para mí, si no para la opinión pública que se genera sobre mi persona. Que digo yo que generará alguna, porque si no, ya me diréis que sentido tiene la vida. La gente me decía que estaba loco, que como me atrevía, que como me había dejado mi madre. Y es que la diferencia, supongo yo, que hay entre mi madre y las demás madres del mundo, es que yo nunca le he pedido permiso a mi madre, yo sólo le informaba de mis movimientos en la vida. Claro, movimientos siempre acordes a mi edad, y es que si tenía dieciocho años ya, y el dinero suficiente como para irme? Con que motivos me lo hubiera negado? Por eso no podía entender la pregunta de cómo era posible que mi madre me dejara.
Y es que mi madre mola.


O por ejemplo aquella vez que trabajando en un hotel, realizaron un Casting para un concurso televisivo, y me cogieron a mi.
Yo trabajaba en un hotel de Valencia donde cada dos semanas venían a hacer este Casting. Como camarero que era, soy, y parece ser que seguiré siendo el resto de mi vida, les servía la comida a los organizadores, y por cosas de la vida nos llevábamos muy bien. Nuestro supuesto chip de compatibilidad se había encendido, y un día me propusieron que fuera a participar al programa.
Al principio me negué, pero me insistieron tanto que al final acepté.
Pues bueno, otro hit en mi vida. Otra vez, que qué loco estoy, que qué vergüenza, que como me puedo atrever. Para mi fue algo normal, fui, participé, perdí y ya está. Pues se ve que tuve que estar graciosísimo porque todos los que me vieron me dijeron que se habían muerto de risa. Estuve normal, como soy yo, pero creo que mi forma de ver la normalidad no es la misma que la del resto, si no, no me lo explico.


A mi hermana Yaiza, puede que cuando tuviera 4 o 5 años, una vez Esther y yo le hicimos la mejor broma del mundo. Yo es que solo de recordarla me entra la risa. A mi tía y a mí se nos ocurrió recrear la escena de un crimen, cogimos una bandeja de hígado de cerdo, y con la sangre que había en ella me embadurné el cuerpo. Esther embadurnó un cuchillo, y se sentó a mi lado. Cuando entró a la cocina, yo me hice el muerto y Esther llorando le dijo que había tenido un accidente, y que me había matado.
Mi hermana se puso a llorar, primero no sé lo creía pero nuestra actuación fue tan profesional, que acabó creyéndoselo y llorando, cogiéndome y intentando despertarme, hasta que mi tía y yo ya no pudimos más de la risa y empezamos, a como se dice vulgarmente, partirnos el ojete. Yaiza se enfadó muchísimo.
Será que no era una broma tan normal al fin y al cabo, porque cuando yo la contaba a mis amigos, como la mejor broma del mundo, ellos la encontraban toda una crueldad. Crueldad, si, pero todos se reían.


A veces, cuando digo lo que pienso y veo la reacción en los demás, enseguida me arrepiento de haberlo dicho, porque resulta que lo que he dicho no es tan normal como a mí me lo parece. Yo pienso de una manera, e inconscientemente pienso que todo el mundo piensa como yo. Pero es que si lo pienso bien, solo puede existir mi pensamiento. El otro día afirmé que a mí me excita el noventa por cien de la población, y vamos, es que es verdad, es lo normal. Otra cosa es que lo digan o no. Y si no, porque se rieron todos con la macabra broma que le hicimos a Yaiza?


En el fondo esa es mi esperanza, que todos sean como yo y que por esos motivos que la moralidad y la ética nos ha inculcado, no expresen sus pensamientos con total libertad.
Si no fuera así, si que necesitaría urgentemente el chip de la compatibilidad, porque si tuviera que esperar a encontrar a alguien que encontrara normal las mismas cosas que yo, podrían pasar décadas, y la verdad, no sé vosotros, pero a mí el tiempo me asusta.


Y esto es muy curioso, o al menos a mi me lo parece. Porque yo no temo a la muerte, sé que llegará algún día, y bueno, encantado de haber formado parte de este proceso llamado vida. A mi lo que me asusta es el tiempo, todo lo que todavía me queda por vivir. Que se dice pronto, pero si ponemos que me muero a los ochenta años, todavía me quedan más de cincuenta años por vivir, y no sabéis el agobio mental que me entra. Que hago yo durante cincuenta años?
Pero al mismo tiempo me da miedo morirme mañana, por ejemplo, y es que me doy cuenta que ni uno mismo se conoce, que en el fondo somos dos personas en una, la buena y la mala, y nos pasamos la vida discutiendo con uno mismo, un pulso continuo que según quién vaya por delante será lo que te defina como persona. Cuando el pulso termina, la guerra ha terminado, y estas en paz.Estas muerto.
La muerte es paz.

Y esta es mi reflexión nocturna, es increíble el camino que recorre la mente, y las deducciones que pueden llegar a hacerse a partir de un simple pensamiento. Y es que qué es la filosofía si no la búsqueda de respuestas a lo desconocido?

jueves, diciembre 22, 2011

Reflexiones Nocturnes.

Introducción.

Después de un verano de extrema locura, llegando a casa a las ocho de la mañana el noventa por ciento de las noches, ha llegado el invierno. Bueno, primero ha pasado el otoño, pero por desgracia no he nacido en Nueva York y no puedo pasear por el Central Park y así darme cuenta del paso de las estaciones según el color de las hojas de los árboles.
Estoy seguro que darte un paseo por el parque, con todas esas hojas de color amarillo, rojas o marrones, debe ser toda una gozada para los sentidos arácnidos de cada persona, pero aquí en el Mediterráneo, nuestros desprotegidos pinos, que se pasan el año preguntándose cuando les tocará su turno y ser pasto del siguiente incendio forestal, no cambian de color. Son verdes todo el año. Son unos pinos aburridos, que no hacen nada para divertirnos, a nosotros los humanos, dueños y señores de este planeta que tanto nos gusta maltratar.
Y si cambian, la verdad que yo no me doy cuenta.

Otra cosa que me impide diferenciar entre otoño e invierno, es que yo paso directamente de ir con mil capas de ropa, a ir en manga corta. Y viceversa. Soy un hombre, o al menos, espero serlo algún día. Un hombre que va de un extremo a otro. Frío o calor. Así soy yo.
En invierno, soy el que más calor tiene, la temperatura entra en mi organismo y creo que se propone derretirme todos los órganos internos. Por suerte, mi cuerpo es más listo de lo que parece, aunque quién lo diría con la cantidad de movimientos torpes y desacompasados que suele hacer, y lucha contra el calor sudando como un condenado. A final de cada verano yo creo que todas mis células hacen una reunión clandestina. A ver, cuantos litros de sudor hemos expulsado este año? 50 litros? Pues el año que viene todavía más! Y ese es el motivo por el que cada año sudo y sudo más. A veces, tengo la sensación de que si viniera un gigante y me escurriera como a una toalla, podría llenar una piscina.


En invierno, pasa todo lo contrario. El frío me paraliza. A mí y a mi cuerpo que no sabe cómo luchar contra él, y es que pasarse todo un verano expulsando litros de sudor, tiene que ser agotador. Al menos me queda mi mente, la cual pensó que lo mejor sería ponerme ropa, ropa, y más ropa para combatir las bajas temperaturas. Y es que no me he ganado el apodo de “El Cebolleta” en más de una ocasión en balde. Bueno, no sé si me llaman así, o no, pero yo me lo imagino y con eso ya tengo bastante. Además, que sería todo un acierto llamármelo.
Lo malo de estos cambios de temperatura, es que por ejemplo, en invierno, llevo tanta ropa que me veo en el espejo y me veo con un cuerpo magnífico. Una percha perfecta a la que todo lo queda bien. Si, en invierno tengo una pinta estupenda.

Claro, de repente llega el verano, y toda la ropa de invierno se queda guardada en el armario esperando a volver ser usada. Ya no soy “El cebolleta”, y la forma de mi cuerpo disminuye hasta adoptar el tamaño del cuerpo de un debilucho quinceañero. Poco a poco me voy acostumbrando a mi nuevo cuerpo, y al final del verano vuelvo a sentir que tengo un cuerpo estupendo, flaco, sin barriga. Mi cuerpo es lo más, si, lo sé. Y de repente, pimba! Llega el invierno otra vez y tengo que volver a ponerme cinco jerséis para combatir el frío, me miro al espejo, y que es lo que veo? Un gordo!


Ha llegado el invierno, la temporada de verano ha terminado, y con ella las intensas noches de fiesta que me acompañaron durante cuatro meses.
Pero después de tanto tiempo viviendo al revés, durmiendo por el día, y viviendo por la noche, ahora me resulta imposible acabar de trabajar, llegar a casa a las doce y media de la noche y ponerme a dormir. No, mi cuerpo pide marcha.
Así que en vez de acostarme e intentar conciliar el sueño, me pongo a cocinar, normalmente platos de espaguetis en sus mil y una variantes. Espaguetis con salsa Solis, espaguetis a la carbonara, espaguetis con salsa de cuatro quesos Carrefour, espaguetis con atún…cuando se vive sólo, y tu madre no está cerca para cocinarte, no sabéis la de salsas que se te pueden ocurrir con los cuatro alimentos que tienes en la nevera. Dos de ellos, podridos, y los otros dos caducados.

Echas de menos las comidas calientes de tu madre, o en mi caso, las de mi abuela, porque mi madre siempre le ha tenido un cierto pavor a eso de cocinar.
Cuando vivía en Valencia, y volvíamos después del fin de semana a nuestro piso de estudiantes, yo llegaba a casa y directamente me iba al sofá a ver la tele. Mis amigos llegaban media hora después. Claro, llegaban con una maleta entera de tuppers que les habían preparado sus excelentes madres cocineras y tenían que organizarse la nevera y el congelador.
Que engañado me había tenido mi madre durante toda mi vida, diciéndome que las madres de hoy en día ya no cocinaban!! Por suerte toda mi infancia comí en el comedor del colegio, y gracias a Amparo y compañía me alimenté de aquella manera.

He crecido con una comida diaria. Porque en mi casa se desayunaba un vaso de leche bebido, a secas , con tres cucharadas de Nesquik, ni una más ni una menos. Era la táctica de mi madre para encontrarle el sabor perfecto a la leche. Con una cucharada menos se notaba demasiado el sabor de la leche, y a mi madre le daba asco la leche blanca, y con una cucharada más sabía demasiado a chocolate.
El almuerzo? Esto ya si que fue un trauma para mí. A la hora del patio, todos mis compañeros sacaban de sus mochilas un bocadillo a ver cual de ellos estaba mas bueno, había mucho amor de madre invertido en esos bocadillos. En mi mochila había como mucho un paquete de galletas, y un zumo, y si lo había. Así que me pasé años y años pidiéndole mordiscos a todo el mundo. Al final le cogí el gustillo y acababa almorzando más que todos, y además un almuerzo más variado.
A la hora de la merienda, más de lo mismo. Y por la noche, para rematar el día, otro vaso de leche, pero esta vez con cereales. Después de un duro día, creo que mi madre debía pensar que nos habíamos ganado esa gran cena. No sabéis como me sorprendí cuando me enteré que las madres de mis amigos, no solo cocinaban a mediodía, sino que también por la noche! No me lo podía creer!!
A pesar de ello, no entiendo cómo podía ser un niño gordito. Incoherencias de esta vida, supongo.


Tenía el pensamiento dividido, yo quería mi madre cocinara como todas, que suerte tenían los otros, pero al mismo tiempo pensaba que tenía una madre más guay que el resto por el hecho de ser diferente, mi madre era una mujer independiente que no había sucumbido al típico papel de la perfecta ama de casa, aunque ello supusiera una dieta basada en los vasos de leche.


Mi madre molaba. Las madres de mis amigos eran de la asociación de padres, mi madre no. Las madres de mis amigos recogían a sus hijos a la hora de salida, mi madre no. Total, vivíamos al lado, asi que podía ir andando. Mi madre molaba tanto que una vez, todas las madres de la clase habían quedado en disfrazarnos a todos de magos en Carnaval, y se olvidó. Y ya os podéis imaginar mi cara cuando, siendo un inocente niño, vi a toda mi clase disfrazada de un increíble disfraz de mago azul eléctrico con estrellas de oro brillando, y que mi madre se había olvidado. Os juro que me quedé de piedra, se me vino el mundo abajo.
Lo único que pensaba era la pena que sentirían las demás madres de mí, al tener una madre que se olvidaba del disfraz de su hijo, pero por suerte la madre de mi buen amigo David tenía otro disfraz en casa. Pero de cocinero!! Aquello ya fue la repanocha, todos de magos y yo de cocinero. Estaba igual que Arguiñano. Hay una foto que recuerda aquel día, y no veáis lo que destaco yo entre tanto pitufo.


Pero mi madre molaba, eso solo eran pequeños gajes de ser una mujer libre e independiente, y por eso aquel olvido sólo fue una anécdota más. Yo pertenecía al sector guay de la clase, no quiero ni pensar el trauma que le hubiéramos creado a Noel o Pedro si sus madres se hubieran olvidado de su disfraz.


Después de cocinar mis espaguetis cada noche, me tumbo en el sofá y me enchufo la tele. He descubierto “La 2”, este canal es la bomba y me lo quedo mirando durante horas, pero llega un momento de cada noche, desde hace ya unas cuantas semanas, en el que no se porqué, pero me pongo a reflexionar. Reflexiones nocturnas.Cualquier tema es válido. Son preguntas que me planteo de repente, a las que intento buscarle una respuesta. Algunas respuestas son bastantes obvias, pero otras son auténticas proezas mentales. Se me ocurren ideas. Ideas descabelladas. Ideas sin sentido. Ideas geniales.


Son pensamientos que estoy seguro que todo ser humano ha pensado alguna que otra vez en sus vidas, pensamientos que no quiero que queden en el limbo, y por eso me dispongo a escribirlos aquí, a modo de homenaje a mi mente y a mí mismo. Porque las palabritas se la lleva el viento, y con los pensamientos pasa lo mismo, y como para algo se inventó la escritura, pues aquí va a quedar plasmada mi filosofía mental.

domingo, diciembre 11, 2011

Visita a Valencia.

Hey peñíscola, que me contáis pequeñas ratas de laboratorio? poca cosa seguro, porque aqui si alguien tiene contar algo ese soy yo, que para algo esta es mi página, y siempre lo será, y haré con ella lo que me plazca, igual que la industria musical con sus cantantes.
Pero al temita, que tengo a evita aqui a mi lado y no veais lo pesadita que es. El otro día cojimos el montante de la estanteria y nos fuimos pa Valencia. Que porque? os preguntaréis todos vosotros. Pues por motivos que no os interesan.
Motivos personales. Como aquella mítica serie de telecinco que nos tuvo en vela a media España con el desparpajo de su principal actriz Lidia Lozano. Perdón, Bosch.
Y es que con Bosch, tu cocina es la mejor!

Una visita que aproveche para ver a mi querida familia, a los que están, y dejaron de estar. Y volví a andar por Dénia. Cuando de repente me pare en seco y dije en voz alta alzando los brazos hacia el cielo al tiempo que mi miembro viril se hinchaba de sangre y apuntaba a Ra, dios del sol " Que bonita es Dénia joder". Y si que lo es. Más bonita que ninguna.
Y por la noche me fui de parranda por Valencia. La putada es que esta vez no fue con Raul Salinero, pero nos juntamos una buena tropa de viejas y nuevas amistades y compartimos momentos de placer humorístico. Nuestro pasatiempo favorito.

Y que mas puedo decir, tantas y tantas cosas que mejor no decir nada, porque vuestros pequeños pero dicharacheros cerebros creo que no están preparados para asimilar mis teorías. Pero no patiu, coleguis meus de la blogosfera, que he empezado a escribir un libro, y tal vez algún día vea la luz. Mientras tanto, a bajarse vídeos porno de internet y pasar el rato.